jueves, 10 de noviembre de 2016

CASO PRÁCTICO Nº1

El caso de Adrián

Todo empieza con un traslado de centro. Nuevo cole, nuevos profesores, nuevos compañeros. Nadie le conoce, tiene miedo al cambio, es tímido y le cuesta encontrar amigos.

 Un día, Felix, el malote y el chulín de la clase, la toma con él. Es un líder. Por supuesto, sus fieles “seguidores”, sus supuestos amigos le ríen todas las gracias. Así empiezan los insultos, las patadas, las humillaciones delante de sus compañeros, sin que ninguno haga nada… Adrián se siente cada vez peor: triste, inseguro, asustado… Pero no se lo calla. Al llegar a casa, cada día se lo cuenta a sus padres, quienes tratan por todos los medios de entender lo que está ocurriendo. Hablan con todo el que tienen que hablar. Tutora. Jefa de Estudios. Dirección. Solo piden que se pongan los medios para que esas situaciones no vuelvan a repetirse, y su hijo pueda venir tranquilo al colegio y tenga ganas de aprender.

La tutora niega haber observado nada extraño en clase. (Normal. No son cosas que sucedan en sus aulas.) Como pauta de actuación, después de dos quejas de los papás de Adrián, dice a todos los alumnos que le integren en los equipos de fútbol y que le traten bien. No se implica más allá, no le da importancia alguna a las primeras señales de alarma. Y el fútbol general una nueva situación para extender el acoso.

La jefa de estudios, a sus padres, les justifica lo sucedido como “burlas infantiles” sin malicia, y que sirven para forjar el carácter y hacerle más fuerte. Les recomienda que animen a su hijo a relacionarse más con sus compañeros, a no aislarse, para poder integrarse mejor entre ellos.

¿Qué hará la directora cuando los padres acudan directamente ante ella para pedir explicaciones? ¿Alguna de esas “medidas” adoptadas han conseguido mejorar la situación?

No. No se le dio la importancia que tenía el caso. Las pautas de actuación ante las primeras señales de alarma tienen que ser firmes y en este caso fueron insuficientes, por no decir inexistentes o irreales.

Lo primero es siempre hablar con el alumnado y tratar de entender que está pasando desde todos los puntos de vista. Se les dará un primer aviso, dependiendo de la gravedad de los hechos, se intentará dialogar con ellos, hacerles reflexionar. Es importante que cada alumno siempre encuentre en sus profesores, esa persona de confianza y apoyo con la que pueden contar, ante la que pueden desahogarse con confianza, sin tener miedo.

Por eso es fundamental, que desde el principio de cada curso escolar desde que son pequeños, se realicen actividades de cohesión de grupo y de clima de aula. Actividades que no tienen otro objetivo que el de aprender a ayudarse unos a otros, a aceptar las diferencias, a trabajar juntos por un objetivo común, y el crear ese ambiente de confianza donde todos se encuentren agusto.

En segundo lugar, ante cualquier mínima señal de alarma, ha de hablarse con las familias de todos los implicados, y tomar las medidas pertinentes. Los alumnos que promueven o permiten el acoso, deben tener claro que cada acción tiene consecuencias. Consecuencias que han de ser inmediatas y proporcionales a la falta cometida.

En tercer lugar, los alumnos necesitan tener su espacio para expresarse sin miedo, pero esto por desgracia, no siempre es así. El miedo a ser el chivato, y al rechazo que esto le puede suponer por parte de sus compañeros, hace que muchos de ellos callen. Se puede tener un buzón de aula, donde cada alumno pueda expresar sus preocupaciones o denunciar conductas que favorecen el acoso escolar, de manera anónima o simplemente sin que el resto de sus compañeros se enteren.


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